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INVIERNO



Y se hizo el silencio en tus manos. Palabra muda que no consigue desdecirse. Pasaban las horas cansadas, doloridas y dolientes a través de tu presencia necia y esperanzada que nunca ha dejado de sonreír. También esto pasará, te decías. Y volverán tus manos tranquilas a posarse en la palabra. Y volverá el agua a quitar la sed. Y el caminar a ser hetéreo, leve, intangible...

... siempre se vuelve, y todo cambia. Todo.

Hasta él mismo pudo entender que la belleza le rozó durante unas horas. Que la paz lo llenó todo. Pero todo cambia. El no significado de un alma lo puede arrasar todo.

Hubo un momento en que la palabra sostenía el tiempo y la mirada podía traspasar las fronteras de cualquier dolor. Hubo un tiempo en que la presencia de la arrogancia era insignificante. Ese tiempo no era hoy. Arrasaste con todo. Y será... volverá a ser.

Y regresará la esperanza. O ella se posará sobre nosotros. Esa fuerza que regresa rotunda a rescatarnos de la no-palabra, de la no-mirada, de la no consciencia. Regresaremos... sí.

Sigues leyendo... aún te sujetas a la palabra ajena, a la mirada de  otras almas. Buscas en su palabra el sonido que no tiene la tuya, su consuelo. Como si su palabra hubiera sido dicha para ti, exclusivamente para ti.

También esto pasará. También... y volverás al sonido de tu mirada. La tuya. 

Hoy es presente, Estás sin ser... y pasará. También esto pasará.


(...)


¨El hombre, ¿se mueve sólo por lo que cree de la realidad? Ha de existir un elemento que hace a la vida salir de sí misma; este salir es un movimiento propio, el movimiento creador... transcendente.

El ensimismamiento es una actitud que al cristalizarse en una forma encierra herméticamente el germen y aún el fruto que hace de la vida, vida en el sentido más hondo; certidumbre. 
María Zambrano.




TODA EL ALMA.

Y ahí estabas. Sola. Llorando. Reconstruyendo el puzle de tu vida sin saber muy bien hacia dónde girar. Sacaste de un cajón unos cuantos recuerdos. Empezaste a mirarlos, pero nada era tuyo ya. Notabas una presencia infantil a tu lado, pero permanecía callada, a la espera, observando el modo en que ordenabas las fotografías, algunas pulseritas, unas piedras de colores, un rosario de pétalos de rosa, un anillo y múltiples cuadernos pequeños. Siempre has tenido muchos. Tocabas las cosas largamente. Las cogías y las dejabas lentamente, sin mirarlas. Ahí ya no estabas tú. Ya no quedaba sonido de tu alma. Olvido. Así tiene que ser el no reconocimiento, ese hondo pozo blanco de la desmemoria. No duele. Lo cierto es que no duele. En absoluto.

Es sencillo. Un ruido te hizo elevar los ojos a la ventana, miraste entonces el cielo. Azul intenso. No será difícil _te dijiste_. No será complicado porque la sensación de pérdida no te resultaba extraña, habías pasado más veces por ese camino. Habías perdido muchas cosas ya, y de otras, de otras sencillamente te habías despedido. No será complicado comenzar de nuevo, eso lo sabías. Lo complicado será poner el límite; al corazón, a la empatía, al dolor. Lo realmente complicado va a ser dejar quietas las manos, no alzarlas alto, anularles su ilimitada libertad. No es fácil acorralar al corazón, pero hoy, mientras tus lágrimas caen gruesas y livianas sabes que será necesario. Será necesario poner límite a ese caballo desbocado que es siempre el afecto. Y mientras te lo dices, acaricias tus manos; ellas aún no saben.

(...)

"Saber de experiencia; comunicante, activo, tranformador. Unidad de acción. Vida; situación que ha de transformar. Saber de la vida; la vida no tiene de por sí unidad. Quien anda en dispersión sabe que su vida es vida. Una vida. La unidad le viene de la experiencia. Descubrimiento de la unidad de vida; pensamiento personalista y existencialista."
María Zambrano.

"La vida humana se parece más que nada a una novela. La novela, personaje y situación que nos componemos para vivir. Lo que creemos estar viviendo sería la especie a priori de nuestra vida, tejido con las circunstancias, material irreductible de nuestra vida que hemos de transformar en libertad."
Ortega y Gasset.

INCONDICIONAL


No querías leer, pero a cada palabra, sabías que en ellas estabas tú. En la fortuna, en la deslealtad, en ese amor tan grande que desde la responsabilidad, te rescató del mundo. Palabras de una historia muy diferente, jamás vivida, pero que delimitan tu propia historia. Palabras cuyo eco aún cuelga de tu alma, de tu corazón,  de tu más escondido dolor, y de esas lágrimas que a ratos se te escapaban; una congoja que no sabes si es sólo tuya, o le pertenece al mundo. También, el latido de un amor incondicional que agarrado a tus piernas, te sujeta firme ante el caprichoso destino que te vapulea. Y la evidencia del miedo más doliente; el de la soledad, el de no tener una mano a la que asirse. Y piensas en lo sordo que habría de ser tu sonido, de no haber conocido un amor así.

(...)

Y así, la mirada, recogida en su oscuridad paradójicamente, saltando sobre una aporía, se abre y abre a su vez, "a la imagen y semejanza", una especie de circulación. La mirada recorre, abre el círculo de la aurora que sólo se dio en un punto, que se muestra como un foco, el hogar, sin duda, del horizonte. Lo que constituye su gloria inalterable. María Zambrano.

PERPLEJIDAD



Me conmueve tu no necesidad de palabra. Mi pensamiento se queda perdido ante tu ausencia de sonido. Eres sólo silencio. La ausencia de tu mundo, de tus razones, de tu palabra, convierten el pasado en una imagen inventada, en pura y simple alucinación. En algo creado pero no sentido, en esa parte de nosotros que se sabe pero que no se aprehende, y que quizá un día, se olvida. Eres como un boceto que no es capaz de transmitir, unos trazos pusilánimes en los que la nada habita. La ausencia de palabra, de explicación, de perspectiva es lo que deja a tu mundo sin consistencia. Somos mediante la palabra. Nos explicamos a través de ella. Nunca es certera, lo sé. Pero transita por lo que somos, surge de lo que sentimos, y de una u otra manera, nos damos con ella. Tu palabra no tiene sonido. Quizá tú no lo sepas, pero cuando hablamos, nunca somos ficción. O quizá sí, sí lo sabes. La palabra es un regalo. Y quizá tu no palabra sea simplemente eso, un egoísmo. Nos regalamos a través de la palabra, aunque a veces sea una palabra inexacta, equívoca, confusa y tímida, que a ratos transita a través de lo que aún no nos es conocido; una palabra que tiembla. Otras veces no, nuestra palabra es un sonido rotundo y certero. Incluso, sorprendentemente, y por un instante, puede ser un simple trozo de intuición, una certeza suave, que intenta ser don en la mirada de los demás. Sólo pretende ser esencia, como una caricia. Así es la palabra; inacabada.

Tú habitas el absoluto silencio. Ternura es saber que careces de palabra. Dolor es reconocer que en tu palabra no cabe el mundo que un día inventamos y compartimos. La amistad a veces tiene este componente; la nada. Y me pregunto por qué derroteros caminará una amistad así. O si simplemente caerá en el olvido. Hoy, en el recuerdo de tu presencia, la incertidumbre. Y en su futuro, la nada. ¿Pudiera ser?...

(...)

"Melancolía terrible que deja tras de sí este amor, este conocimiento cósmico, que de tan llenos nos deja luego deshabitados, y que por deshabitados, con un poso no disuelto, no asimilado, con una tristeza venida de la obstinación en querer penetrar lo impenetrable, y en el desamparo en que el humano anhelo queda. El anhelo y la necesidad de desprenderse de la materia idolatrada. Tristeza que sigue al amor, al conocimiento de las cosas de la tierra: "porque estoy triste viajo, y conozco la tierra, y estoy triste."
María Zambrano.

SENDERO



La vida son estos pasos. Dolor y significado. Permanencia. Caminas a ritmo ligero, pero con la mente serena, sosegada, y adormecida. Pareces perderte en cada paso, vas saltando de unos recuerdos remotos a este presente inmóvil, los unes irremediablemente; en ellos estás tú. Los atas al silencio de una sonrisa que siempre estás presta a regalar. Y regresas a aquel tiempo, a tus pasos de niña sobre este sendero misterioso. Yo ya caminé muchas veces este sendero, te dices. Hoy, después de mil años, has vuelto. Te dejas llevar por aquellos pasos y lo haces sobre los de ahora. Fin y principio. Pasos que eran la certeza de lo que aún estaba por venir. Entonces caminabas e inventabas. Hoy lloras y rezas. Entonces era el principio, y luego el final; una casa abandonada. Allí te dejabas arrastrar por la imaginación. Tiempo ilimitado. El futuro estaba por inventar, cosido siempre a las puntadas del deseo, a aquello que secretamente esperabas, en silencio. Hoy es al revés. Hoy lloras la ausencia de un principio. Hoy estás en el fin, y anhelas poder aferrarte a un principio, poder regresar al inicio de la mirada.

El ayer es futuro. Caminas por el rastro de aquel tiempo, por sus huellas sin olvido. El día es recio. Y tú lloras, eres una gran incógnita en ese escenario. Lloras y te dejas absorber por el paisaje. El cielo está cubierto de nubes rotundas y grises. El viento se mueve con absoluta desolación, con inquietud. Es inquebrantable. Observas el sonido furioso de los árboles que delimitan ese pequeño sendero. Significado. A cada paso vas siendo gemido y significado. De un momento a otro romperá por fin el día. Estallará la tormenta. Se romperá el hechizo y podrás mirar tu fin. Podrás mirarlo para poder delimitar tu partida. Fin y principio. Cuando estalle el día, comenzarás de nuevo. Llevas tu mano hacia tu rostro, hacia tu cabello y acaricias con un gesto infantil tu pelo corto y totalmente gris. Eres una mujer de pelo gris. Una mujer que llega a una casa abandonada cuando estalla una hermosa tormenta. Te sientas en el mojón que permanece exacto a tu recuerdo. Eres capaz de volver a oír los sonidos que en ella un día habitaron, sonidos escondidos, misteriosos y cálidos que siempre sorprenden cuando la imaginación es poderosa. Allí están también los pasos de tu infancia. Ves volver, ves regresar tu infancia, a todo lo que se fue con ella, y a todo aquello que quisieras hoy poder tocar. Un segundo. Un minuto. Una hora. Te despides de tu hija, del sonido de su bicicleta, de sus dos coletitas jugando con el viento, de sus sueños a través de tus sueños de niña. Ya no hay tiempo. No queda. Fin. Vuelves a tocar tu cabello gris, lo haces suavemente mientras lloras rabiosamente. Después, te quedas inmóvil, gris y ausente. Tu presencia es esa roca en la que has ido a sentarte. Y desde tu vacío, puedes por fin pronunciar la palabra inicio. Hoy es el principio. Y tendrás que volver a ver tu mundo, verás regresar a tu lado todo aquello que siendo un mundo, rozó tu alma. Dolor, significado, permanencia. Hoy es el principio.

(...)

"Esa magia que nos mantiene encadenados a nuestro entorno, se quiebra, y lo hace sin que sepamos por qué causa, y nos sentimos solos frente a un mundo sólido. Es la soledad del hombre que se siente confundido respecto a su destino. Es la ley del sufrimiento humano, su condena, que es al mismo tiempo una esperanza."
María Zambrano.

ISLA


Mi presencia no tiene sonido, soy el eco de los pasos que no doy. Miro la mesita vieja y no soy capaz de alcanzar con mi mano el libro que reposa en ella. Las palabras del reencuentro quedan así en un silencioso reposo. Mi mirada se posa en el trozo de horizonte que alcanzo a ver desde la ventana. En el mundo, un cielo intensamente azul. Se puede sentir una brisa limpia y fresca, y la luz reposa sobre las cosas. Al fondo, el verde del jardín. Puedo ver la cajita de mi abuela, el lugar en el que ella recogía cada noche un rosario de cuentas negras. Brillante. Alcanzo a mirar su viejo baúl, que permanece quieto en este salón, sin saber muy bien qué hace en esta estancia, añorando las manos que lo cuidaron hace ya muchos años. No me puedo mover. Sobre mis piernas una manta de colores. Conserva aún el olor de las manos de mi madre. Su quietud y su silencio. Y en la esquina del fondo, un cajonero sencillo, recio y con la pátina de lo antiguo. Cada uno de sus cajones, el hueco en el que mi padre guardaba afectos; una foto, una factura, un recorte de periódico, las gafas del abuelo, folletos de viaje. Encima de esa cajonera, reconozco una foto de hace tiempo; una madre y una hija mecen su risa en una hamaca.

Todo mi mundo sobrecogido por la luz de esta tarde, recogido en cuatro cosas sencillas que han venido a habitar una estancia destartalada y vacía. Mi mundo en el eco de esta sala. Y en la pared más discreta, un cuadro de fondo azul. En él un rostro llora. Se sumerge en al amor que no pudo ser olvido. Vuelvo a mirar por la ventana, el cielo sigue siendo azul. Y un mensaje en el móvil me dice que aún quedan cosas por ser conquistadas; materiales inconcretos en los que la infinitud de la vida irá a posarse, y que vendrán un día a habitar mi pequeña estancia. Mi mirada espera. Y en la quietud de esta tarde, respiro la brisa fresca que me trae el horizonte. El mío. Y pienso todo lo inconcreto que aún está por ser vivido. Mi estancia habita ahora en una isla.

(...)

"Pensar es un vértigo; pero también es la vía maestra para valorar hechos simples, grandiosos. Un hecho simple es éste, el de mi efímera circunstancia. Y es grandioso. Porque pese al futuro finito siento la enormidad de la vida, no por larga, pero sí por intensa. Desencuentros de luz y de tristeza. Añoranzas. Deseo."
Carmen Martin Gaite.

INMORTALIDAD


Miras el cielo y lo puedes sentir, puedes hoy retener en tus manos el tacto de todo aquello que desde la invisibilidad, sostenía el mundo, el tuyo. Así es la maternidad sobre las cosas. Un silencio que las acaricia, que las sostiene, que siempre cuida todo aquello que es criatura. Y ese silencio sigue ahí, a pesar de la lejanía de su eco lo puedes notar, en la brisa que ahora mesa tu cabello, en las lágrimas que lentas recorren tu rostro. Al lado de ese mar vuelves a ser niña. Al lado de ese horizonte surge el reencuentro con tu mirada de infancia confiada. Ella te cuida. Y te dejas cuidar. Caes rendida ante la arena que acaricia tus pies, dejas que las olas borren tus huellas, y sabes que en ese juego, ella está. Que estará. Susurrando una nana que sólo tus oídos pueden sentir. Que es esa sonrisa que cobija tu alma como un eco, porque nunca, nunca, se fue del todo. Va y viene, siempre presta a dejarte su caricia a través del aire, de la lluvia, del sol. Tú eres su criatura.

(...)

"Felicidad invisible que nos permite soportar la carga de nuestra desdicha. Territorio de quietud. El lugar de nuestras certidumbres, de todo aquello de lo que no dudamos y que nos sostiene en todo trance difícil. Creencias. La realidad."
María Zambrano.

FLORES Y ROCA


Hoy quisiera poder tener entre las manos aquel ramo. Poder tocar y acariciar cada una de sus hojas, cada una de las flores que lo construían. Hoy, si pudiera, volvería a depositar en el mismo lugar aquel ramo. Ante aquella roca de silencio y de dolor. Hoy, cuando ya sé el valor de cada flor, el significado de cada hoja, y que la elegancia de sus formas son un misterio, hoy, quisiera poder volver a sostenerlo. Acariciarlo. Verlo. Sentir el conjunto que sólo su color es y fue siempre, y saber de su presencia ante aquella silenciosa y sólida roca.

Quisiera poder ver su estampa ante mis ojos nuevos, y llorarlo, llorarlo aún más, una y mil veces. Y quisiera una imagen de aquel pasado que tuviera su mismo sonido, su mismo significado, su necesaria grandeza. Generosidad y dolor. Alma y profundidad. Soledad y silencio. Allí estaba todo. En cada una de esas flores. En la solidez de la roca en la que fueron a posarse. Un ramo sobre una roca, era eso. Sólo era eso, y en esa pequeñez, mis sentidos.

Estoy en un coche, un coche que viaja a ritmo constante y rotundo, ante una carretera infinita que no tiene objetivo. Un camino que no termina, un camino solitario y de plenitud. Me observo viajando, y a través de la ventanilla del coche, me dejo arrastrar por un paisaje que amanece. Es la hora del alba. El paisaje es de un cielo rosa, y mi mirada de azul marino. Y aunque el pasado ya no existe, siempre llevo conmigo aquel ramo. Aquel que ya nunca volví a ver. Aquel que sobre una roca, descansa su silencio y su necesidad de reposo.

Nunca miro el futuro, para mí sólo hay presente. Un presente que me lleva irremediablemente a esta carretera de mil destinos diferentes. Pero aún hoy, en que mis pasos tienen un semblante rotundo, aún hoy, querría para mí el sonido de aquel ramo, de cada uno de sus colores, y el sonido del momento en que fue colocado ante aquella roca de silencio. Una roca que nunca fue olvido, que generosa, tuvo a bien ser un destino; destino de significado y sentido.

Y hoy, por un segundo, quisiera poder tener aquel ramo sobre mis manos. Sólo por ese segundo de belleza, volvería a los ínferos del pasado. Luego, volvería de nuevo a dejar el ramo sobre la roca. Y ante ese destino de silencio que hoy sostiene mi mirada, volvería a despedirme. Y ante ese silencio que es rotundo y que permanece lleno de orgullo, hoy, volvería a bajar la mirada ante ese ramo, y ante la roca que aún lo sostiene. Hoy, volvería de nuevo a estar allí. Al lado de aquella roca, la roca que nunca fue olvido.


(...)

"Y sin embargo todos aquellos que pasaron hace tanto tiempo están entre nosotros como proyecto, como un cargo a cuenta de nuestro destino, como sangre que bulle y como ademán que se alza desde las profundidades del tiempo."
Rainer María Rilke

PRINCIPIO SIN REFLEJO


Despiertas en esta mañana que no se sabe muy bien aún cómo será. Ha amanecido con nubes, pero no impedirán que el día sea luminoso. Es un día de primavera como otro cualquiera. Te has levantado pronto y lo primero que has hecho es poner la cafetera. El olor a café inundará en unos minutos tu pequeño apartamento, pones música suave y te dejas caer sobre la silla azul de la cocina. Te sientes sola, irremediablemente sola. Miras sin mucho detenimiento el periódico de ayer. Recorres lentamente la cocina con el pensamiento en blanco. De repente una constatación: tu casa no permanece en la espera de que alguien se despierte, en ella no hay nadie, sólo estás tú. Sólo tú.

Habitas la casa con tu silencio. El silencio más triste y desolador que hayas sentido jamás. A estas alturas de tu vida, sabes que empiezas a nacer, te abres camino por encima del silencio que está en ti misma, niegas de nuevo el sonido que jamás tuviste ni tienes las agallas de mirar. La vida tarde o temprano nos traiciona, por eso estás sola, ahí, en tu cocina. La vida esquiva cada una de nuestras tretas y tarde o temprano nos coloca frente a nosotros mismos. Implacablemente. Pero tú vuelves a huir. Eres inteligente, y sabes como darle esquinazo a esa certeza.

A veces, por descuido, te miras al espejo y la persona que está al otro lado te resulta una total desconocida. Te encuentras con esa mirada que se desploma, que no sabe muy bien quién es ni hacia dónde va. Y de nuevo te niegas a ti misma porque lo que ves no es lo que habías esperado. No te gustan los espejos, y no dejas que te devuelvan el reflejo de la persona que hay al otro lado. De no mirarte, tu rostro se ha descuidado, pero eso no lo sabes. Hoy, tu persona te interesa más bien poco, tu persona tal cual es. Te gusta más la que te has inventado, y sigues vistiendo un traje que no es el tuyo. Un traje que te has vuelto a construir sin escuchar tu silencio

Has vivido acostumbrada al ruido, nunca te importó. Agradecías el ruido, ese que te colocaba en el lado de los que triunfan. Y nunca te paraste a pensar si ese triunfo era realmente tuyo o algo impostado. Siempre viviste rodeada de ruidos; todos sabían que tú eras la mejor. Y te gustaba; mucho. Nunca tuviste la necesidad de demostrarte a ti misma si lo que vivías era cierto. Te dejaste vivir en la complacencia, en la seguridad de que necesariamente tenía que ser así. Tú eras el triunfo.

La vida te regaló la oportunidad de viajar, pero en realidad no viajaste. No eras tú las que viajaba, los demás lo organizaban, viajaban por ti. Viajar es meterse el silencio en la maleta, organizar y desdoblar ese silencio por las diferentes estaciones que vamos atravesando, es ir dejando la huella de tu mirada en cada lugar que has morado. Pero tú no llevabas silencio en tu maleta, y si paraste en algún espacio, nunca lo habitaste. Todo era ruido alrededor, ruidos de todo tipo menos el tuyo. Recorriste muchos sitios, tu trabajo era así, pero no viviste en ninguno, tan ensimismada como estabas en tu persona. En esos viajes no viviste, no viajaste, no te agarraste a la libertad que es la incertidumbre de no saber muy bien a dónde vamos a llegar. Porque tú si sabías, sí sabías cómo iban a terminar. Estaban totalmente programados aunque nunca los diseñaras tú. Viviste en países que no te dejaron nada que no fuera la huella de tu triunfo. Las personas pasaron a tu lado como un cuadro al que miras simplemente de reojo. La vida te sonreía, eso sí, al menos así lo creías. Tenías un trabajo estable, y eras la mejor. Parecía un mundo apasionante, pero no, no lo era. Eso lo podrías saber ahora si realmente tuvieras voluntad, si ahí sentada en tu silla, mientras esperas a tomarte tu primer café, te pararas a mirarte delante de un espejo.

Caminamos y un día, inesperado, el telón de nuestra escenografía cae. De golpe. Hoy te encuentras en una cocina pequeña, en tu apartamento sin ruido, sin esperanza de ruido. Sabes que ya no eres quien eras. Las personas que hasta ahora te acompañaron se alejaron hace tiempo, ellas y toda su escenografía. No eran como tú, te dijiste. Y lo perdiste todo. Pero eres valiente y volviste a comenzar. Tienes tesón, y en ello estás, a pesar de tu cocina de silencio. Inventas otra vez nuevos mundos, nuevos triunfos.

Construyes el pedestal al que te has de subir, porque tú has nacido para estar en un pedestal. Has hecho nuevos amigos, has construido nuevos retos, la vida vuelve a empezar. O almenos eso crees. Sonríe de nuevo como tú quieres. Y aunque te quedas en el silencio de tu cocina, no oyes nada, sigues sin oir. Volverás a subir de nuevo, tú sabes bien cómo se construye el triunfo. Y con ello vuelves a negar la persona que hay detrás del espejo. No, no te gustan los espejos. Eliminando su mirada, eliminas todo aquello que te impide triunfar; esquivas las ataduras. No las soportas. Aún no sabes que sin ellas, nada nos sostiene. Su libertad es constructora, nos hace mejores personas, pero tú no quieres ser mejor, sólo quieres triunfar. Pero esto tampoco lo sabes.

Estás en tu cocina, y en ella permaneces cada mañana cuando te levantas y te sientas en esa silla azul a la espera de poder tomar el primer café de la mañana. Tu mente permanece en blanco. Luego vendrán tus arrebatos, tus cosas magníficas que te harán de nuevo grande, y todo el ruido de tu soberbia dejará este silencio de la mañana sin eco. Y no sabrás que te estás negando a ti misma, que una vez más comienzas un viaje que no te dejará poso, ni huella, ni color en la mirada. Altiva y soberbia, seguirás negándote a ti misma. Estás ante un nuevo principio, pero no hay reflejo.

Por fin ha salido el café. Te lo tomas y te dispones a salir. La casa se te estaba haciendo demasiado grande ya. Comienza el día. Y te vas, te vas a construir de nuevo tu triunfo en el ruido del mundo.


(...)

"Columnas me sostienen, oleadas de desnudas emociones me golpean los costados, pero, ¿cuál de ellas es pena y cual es alegría? Me lo pregunto y no encuentro la respuesta. Sólo sé que necesito silencio, estar solo, irme; dedicar una hora a considerar lo que ha ocurrido en mi mundo, lo que la vida ha hecho con mi mundo." Virginia Woolf.

APARIENCIAS


A veces se nos queda en la mente un personaje incómodo. Se queda a reposar en nuestro pensamiento. No sabes muy bien por qué ha venido, qué lugar quiere ocupar, pero sabes claramente que está ahí. Empiezas a evadirte de él. Su presencia te molesta. Buscas la puerta de salida, el camino que te aleja de él; buscas no tener que darle rienda suelta a su mirada. Es incómoda la mirada de algunos personajes. No sabrías cómo contarla, ni siquiera cómo decirte a ti mismo que sus ojos son estos, y su vida aquello. Hay personajes de los que necesitas huir, de los que quieres mantenerte lejos porque no entiendes su estela, ni la manera en cómo su mirada se posa sobre las cosas, sobre las personas, y tampoco te gusta el sonido soberbio de su risa. Porque algunas cosas, algunas cosas sobre su persona las sabes, las reconoces bien. Por eso te quieres ir de su lado. Quieres que su sonido se quede en la sombra, lejano; pero esa sombra te persigue. Te asalta en cualquier segundo, en cualquier rutina, por muy trivial y simple que sea ésta y por más sencillez que le pongas a tus horas. Hay personajes que te atropellan.

Acostumbro a ponerle nombre a los personajes que un día se presentan con cualquier disculpa; un gesto, un sonido, el llanto o la risa... Pienso que si cada uno de ellos tiene un nombre, se quedará más tranquilo, que se mantendrá silencioso a la espera de que su presencia pueda ser contada; hasta que pueda ser incluido en la trama de cualquier historia. Historia a la que él, antes que tú, ya sabe que pertenece. Pero tú no lo sabes, y necesitas desasirte de él, está ahí y te estorba.

Me pregunto dónde acabará Leonor. Ese personaje de olvido y rencor que últimamente aparece en muchas cosas, en pequeños detalles en los que insistente, viene a posarse. Ayer la pude ver mientras daba un paseo por la orilla del río. Parecía un personaje triste, solitario, necesitado de mirada y sin ilusión; pero las apariencias sólo son eso. Apariencias. A saber qué esperanzas estarán escondidas en su corazón, qué incoherencias y desatinos serán los que descubran su alma alegre, su mirada espontánea. La mirada así, impetuosa, es la que más se equivoca, es como los gestos de los niños. Leonor una vez fue niña, eso lo sabes cuando la miras. Y en lo más recóndito de sus ojos sabes que aún lo sigue siendo. Que su rictus enojado y soberbio, tan sólo es apariencia. Se empeña en esconder sus errores sin intuir tan siquiera que en ellos habita esa nobleza que su alma tiene. El rictus de Leonor sólo es apariencia, nada más que apariencia.

Estos personajes tienen algo de persona, algo que nunca llegas a saber muy bien. Al igual que nosotros, se esconden en el misterio que siempre tiene toda apariencia. Así que, cuando te encuentres con alguno, sé cauto; no te dejes engañar. Piensa necesariamente que la apariencia sólo habita en la superficie, que nunca es profunda. Que los colores de los adentros tienen que ser aún descubiertos, y que por mucho que nos parezca inútil, es necesario hacerlo.

(...)

"Oh, ángel de la severidad,
no soy un embustero,
y no te pido nada.
Quisiera hallar de nuevo tus ojos tan severos
que tú, dedes hace tiempo, diriges a otro lado,
y la piedad, oh, ángel, llega demasiado tarde,
pero desde el mar de montañas donde hasta
la más salvaje fiera calla,
desde los desiertos que el mar en llamas del sol
ya no puede quemar,
con leve paso ileso
habrás de regresar para abrazarnos
como hermanos."
Annemarie Schwarzenbach.

NO PASA NADA


Nos bajamos en una estación desconocida. Sí, allí era. Allí nos iría a buscar Leonor. Hacía muchísimo tiempo ya que no nos habíamos vuelto a ver. No conocía a mi hija. Ni siquiera yo sé si la reconocería a ella; habían pasado demasiados años.

Salimos de la estación por los entramados de túneles, de pasadizos y por fin encontramos la calle. Estaba anocheciendo, y la temperatura me había sorprendido por su frescura. Siempre pensé en su ciudad con ambiente cálido. Esperamos un ratito y oí su voz que salía de un coche, su voz no había cambiado. Quizá el tono de nuestra voz sea la manera que tenemos de ser eternos, pensé.

Bajó del coche y sonreí. Me impresionó su aspecto descuidado, su poco interés hacia sí misma. Yo no la recordaba así. Esa no era la estela de su recuerdo. Su rostro estaba cansado, débil, y sorpendía en él un rictus potente, un reflejo de soberbia. No le di importancia. Algo me dijo que estaba ante una completa desconocida. Algo me dijo que al lugar al que había ido era totalmente contrario a mí. Esa no era Leonor.

Subimos al coche. Mi hija sonreía aparentemente feliz, distante de mis impresiones. Leonor había venido acompañada de su perro, un perro que se me antojaba totalmente antipático pero que a mi hija le pareció maravilloso. Ella iba ensimismada jugando con él, abstraída, como si lo de fuera no se posase en su mirada, aunque vete tú a saber. Los niños son capaces de intuir muchísimo más de lo que imaginamos, incluso cuando permanecen en otras cosas, aislados en su momento.

_ ¿Qué tal habéis hecho el viaje? Tenía muchas ganas de que llegarais, siento haber llegado un poco tarde, se me complicó a última hora un trabajo que tenía que dar por terminado y no me di cuenta de qué hora era. _ Lo decía sin demasiado sentimiento, parecía lejana a la conversación que mantenía. Leonor tenía una presencia ausente.

_ No te preocupes, no tiene importancia. ¿Qué tal estás?_ Mis palabras se intentaban acercar a ella como en silencio, sin pretender ser un barullo. Algo me decía que su vida no estaba bien. Que ella no estaba bien. Y yo no quería avasallar su pensamiento. Quizá no habíamos llegado en un buen día.

_ Bueno, bien, pero mal. En mi casa ha ocurrido una desgracia._ Lo dijo rotundamente.

_ ¿Qué ha ocurrido?_ Pregunté algo alarmada, también agobiada por ser una molestia, por hacerle perder un tiempo que quizá necesitase para estar sola, a su aire. Yo necesito aislarme para asimilar mis descalabros, y pensé que a ella le gustaría también estar sola. _ ¿Y cómo no me lo has dicho?, ¿cómo no me llamaste y hubiéramos pospuesto este viaje para otra ocasión en que tu te encontrases mejor?_ Se lo pregunté con verdadera angustia.

_ Llevo toda la noche sin dormir, llorando. Mi hermano se va a separar. Estamos todos muy disgustados. Ha sido un palo enorme.

Mi silencio se hizo enorme. No sabía qué decir. Pensé incluso que la situación era muy cómica si no hubiera sido porque era consciente de la crueldad de su poca empatía. De su poca capacidad para saber mirar al interlocutor que tenía delante. Ante mi perplejidad busqué palabras de consuelo, palabras que animasen a alguien que no es capaz de salir del límite de su propia cáscara y mirar el otro lado. Fui consciente de la realidad: Leonor seguía siendo la misma. No había cambiado nada. Y yo no sabía muy bien qué decir.

_ Son cosas que pasan, es cierto. Procura no pensarlas mucho, deja que discurran a lo largo de los días, en el tiempo, sin tocarlas. No las pienses. No juzgues. Ni siquiera depende de ti su evolución, y lo que es más importante, esto no te está ocurriendo a ti. Leonor, sobrevuela las circunstancias, las apariencias, la máscara con que la vida a veces nos presenta sus cosas. Ve directamente a la realidad de los hechos y no te entretengas en las profundidades que desconoces. Quizá sea una manera más sensata de pasar por estas cosas._ Se lo dije con todo el cariño que podía transmitir en ese momento de perplejidad. Con toda mi intención de hacerle ver que hay en la vida cosas muchísimo más duras por las que llorar.

Ella me miró un poco distante, sin comprender. No sé si era consciente de lo cómica que era aquella conversación en un coche que transportaba dos mujeres, una niña y un perro. Yo miraba a mi hija de reojo, iba ensimismada. Le estaba dando órdenes al perro sobre cómo se tenía que colocar sobre su regazo. Me hubiera gustado saber qué pasaba en esos momentos por su pensamiento. Necesitaba cambiar el tema de conversación, derivar las palabras hacia lugares más livianos. No quería volver a dejar con mis palabras, la rotundidad de mi pensamiento. Algo me decía que Leonor sería incapaz de comprender. Que me odiaría por ello. Y recordé que a Leonor le encolerizaba que alguien le llevara la contraria en cualquier tema, por muy insustancial que fuera. Es curioso como se nos olvidan algunos rasgos de las personas, como el tiempo rellena de olvido los defectos; me quedé un rato pensando en la persistencia de la memoria sobre las cosas buenas por las que hemos pasado. Me agradó esa inteligencia que posee la memoria. Y me reí incluso de la situación que estaba viendo gracias a mi poca memoria real, tan persistente en lo bueno.

Llegamos a su casa. Era un piso muy grande y deshabitado. No era la ausencia de muebles, ni sus estancias aún por rellenar lo que producía vacío. Era algo que no sabías definir. Mi mirada lo observó sin mucho interés, no encontré ningún rincón en el que poder acomodarme, nada me invitaba a querer quedarme allí. Pensé que sólo eran sensaciones, el eco que tienen las casas cuando aún están por amueblar. La verdad es que en ese escenario tan hueco hasta el perro me pareció un ser cercano, y mira que siempre me he sentido distante ante cualquier animal. Mi hija por el contrario estaba encantada, seguía jugando con eñ perro, intentaba acomodarlo en su regazo. Les miraba y me parecían exactitos. A partir de este viaje empecé a mirar a los perros de otra manera. Cuando pienso en esto, lo interpreto como una especie de regalo.

Dejamos nuestro equipaje en una habitación roja y negra. La peque se sintió maravillada. Le gustaba el rojo, el negro, la mesita, la lamparita. Admiro la capacidad que tiene mi hija de habitar las estancias nada más llegar a ellas. Su capacidad de hacer inmediatamente suyo cada rincón, cada escenario nuevo por el que pasa. A mí esa habitación también se me hizo fácil. A pesar del rojo, a pesar del negro, me sentí cómoda en ese lugar extraño en el que mi hija ya había situado sus pequeñas pertenencias.

Fuimos a cenar, Disfrutamos de una cena frugal, una ensalada fría y un poco de embutido. Se podía sentir cierta distancia en la conversación. Era una conversación algo obligada, y yo me sentía como de puntillas, observando bien dónde se iban a posar mis palabras. Ello no impedía que fuera un tú a tú amable. Yo quería encontrar cierta espontaneidad, pero no fue posible. Leonor pemanecía en su mundo hermético, cerrado a cal y canto, procuraba estar alegre, animada, pero todo era impostura en su rostro. Su mirada no se sostenía frente a la mía; y sentí distancia, una distancia inabarcable, sin fin. Entonces supe que se trataba de una distancia que jamás sería eliminada. Una vez recogidas las cosas, nos fuimos a acostar.

Dormimos muy bien. Eran dos camas unidas, así que podía sentir la presencia de mi hija muy cerca. Qué pequeña era y sin embargo, qué compañía tan enorme a su lado. Su sola presencia hacía que el rojo y el negro tuvieran para mí la vibración del azul y el blanco. Creo que me dormí mirándola. Y que descansé muho. Habíamos hecho un viaje muy largo y yo aún podía sentir en mi cuerpo el eco del traqueteo del tren.

Nos levantamos pronto. Desayunamos medio dormidas. Ese día pasó rápido y lento a la vez. Paseamos largo y tendido por la pequeña ciudad, estuvimos en un jardín precioso, de esos en que la mayoría es césped que puedes pisar, pocos árboles y rodeado de una muralla. Alegría y sol; el perro y la niña parecían dos almas gemelas. Mi hija fue verdaderamente feliz ese día. Yo caminaba a ratos ensimismada en mi pensamiento. Leonor a mi lado intentaba darme conversación, yo la agradecía. Hubo momentos en los que ella parecía llegar a soltarse, que quería entrar en una verdadera comunicación, pero se bloqueaba. Fui consciente de que para ella la comunicación no era posible. Y no fue posible. Yo no sabía muy bien en qué lugar me tenía que quedar; si callada o por el contraio, ir animádola a abrirse. Me decidí por el silencio. Algo me empujaba a quedarme callada, No sabía muy bien qué decir, así que sin más, me recogía de nuevo en mi pensamiento y dejaba reposar la mirada sobre las carreras de mi hija y el cachorro.

El día pasó lento, caluroso. Preparamos la cena a ratos en silencio, y a ratos charlando de cosas triviales. Cenamos animadas. Vinieron unos amigos de Leonor a cenar y ahí fui plenamente consciente de su distancia. De su aislamiento y poca capacidad para dejar las cosas que le importan sobre el mundo. Creo que Leonor nunca ha tenido una verdadera amistad, esa cercanía de alguien que con solo mirarte, te sabe. Y lo he descubierto ahora, treinta años después de haber conocido a Leonor, a aquella Leonor adolescente y alegre. Una pena inmensa se apoderó de mi alma.

Mi hija, que nunca tiene prisa para ir a dormir, me dijo que quería ir a la cama. Me dejó sorprendida, pero pensé que estaría agotada porque no habíamos parado de caminar en todo el día y había hecho mucho calor. La dejé en la cama y vi que estaba muy triste. Le dije que qué le ocurría. Me dijo que no sabía, pero que quería que yo me fuera también a la cama, en ese mismo momento, con ella.

_ No me dejes, mami._ Me lo suplicó. Le hice entender que no podía, que tenía que despedir a los amigos de Leonor, que sería una falta de educación irse tan pronto a la cama cuando hay gente en casa, que eso sólo se les permite a los niños. Y que lo que más me gustaría era quedarme allí.

_ Más tarde vengo ¿vale?_ Le di un beso y se quedó conforme. Afortunadamente siempre llevo en mi maleta alguno de sus muñecos preferidos. Cuando vio allí a Foqui, su sorpresa fue una sonrisa inmensa.

_ Mira, mientras, te cuida Foqui._ Le dije que la quería mucho. Me dio otro abrazo con beso, de esos que son muy ruidosos y se recostó. Seguía con su enorme sonrisa. Tranquila ya, se abrazó a Foqui y yo salí de la habitación. Cuando regresé para dejar en su mesilla un vaso de agua, ya se había dormido.

Volví a la sala donde se habían quedado Leonor y sus amigos. Hablaban de viajes. Yo para entonces ya no era capaz de seguir ninguna conversación. Ensimismada en mi desazón, sólo podía escuchar. Estaba cansada, triste, acongojada. Yo también me hubiera querido ir a dormir, al lado de mi hija. Pero me quedé allí, al lado de mi educación, y observando la absoluta impostura en que la vida de Leonor se había convertido. No tardamos en ir a la cama. Era ya muy tarde y todos estábamos absolutamente agotados.

Cuando me pude acostar cerca de mi hija busqué su manita caliente. La agarré suavemente y lo único que me salió es llorar. Un llanto sereno, de una tristeza muy honda, y con una necesidad de regreso que pocas veces he sentido de una forma tan intensa. Necesidad de regreso. Lo que más hubiera deseado es estar en mi casa. Añoré mi casa rotundamente. Mientras acariciaba la mano de mi pequeña, me dormí. Cerré los ojos pensando en que mañana a esas horas, el regreso sería ya algo consumado. _Sólo ha sido un mal día_, me dije mientras me dejaba atravesar por la caída en el sueño.

Al día siguiente, con aparente alegría preparamos un suculento desayuno. Lo colocamos todo en la mesa de la sala. No era fácil la conversación en esa mesa. Leonor pasaba por encima de las cosas que le hacían daño. Demasiadas cosas le hacían daño, eso se podía intuir, pero nos hacía creer que no era así, que ante las contradicciones nunca pasaba nada. Me hubiera gustado poder decirle que ese “no pasa nada” que contínuamente me ha retumbado en los oídos desde que llegué, es la certeza rotunda de lo contrario; que sí, que algo está pasando. Y que lo que ocurre es rotundo, demoledor. Que no le gusta y la mantiene contrariada, con ese gesto de tensión en su rostro. Le hubiera dicho que en la vida, cuando es vida, siempre ocurren cosas que nos duelen, y que la vida pasa. De largo. La suya, la mía, la de todos; y que ella es la única de los que allí estábamos que no estaba dispuesta ni a mirarla ni a admitirla tal cual es. Ya no digo contarla, no es necesario contar nada a los demás, pero por lo menos a uno mismo sí. Eso pensaba. En ningún momento dije nada; dejé en silencio la rotundidad de mis palabras. Dejé que se ahogara la sinceridad y me dejé sumergir en el silencio. Algo me decía que lo mejor era callar. Decir algo así sólo se puede soltar si te sostienen la mirada. Y la mirada de Leonor estaba en otra parte. Conseguí que la indiferencia se posara en mi pensamiento. Dejé que mi silencio se posara en la sala y pensé que ya me quedaba muy poquito tiempo para coger el tren; ese tren que me alejaría de este desencuentro. El tren que nos llevaría a casa a mi hija y a mí.

Nunca más he vuelto a saber de Leonor. No sé si en su vida fue capaz de lanzarse libremente a las cosas que pasan, no sé si ha sido capaz de vivir la vida sin sentir la necesidad de manipularla antes. Quiza se atrevió a saltar por encima del muro que la tenía secuestrada, y quizá ahora tenga puesto el traje que verdaderamente le ajuste a su persona. Lo desconozco. No sé nada de Leonor. Nada. Supongo que es una especie de instinto de supervivencia, y sé que no deja de tener un poso de olvido cruel. Hoy, cuando rememoro su presencia, soy yo la que se dice a sí misma que no pasa nada. Que no pasa nada porque me haya olvidado de Leonor aunque a ratos, como hoy, la recuerde.

(...)

"Una persona, en un momento determinado ya no quiere enfrentarse a su alma. La esconde porque tiene miedo de no encontrar ya fuerzas para vivir. (...)
No hace falta que salgas de tu habitación. Solo quédate sentado ante tu mesa y escucha. Ni siquiera hace falta que esperes; simplemente aprende a quedarte callada, quieta y a solas."
Natalia Ginzburg.

VENTANAS


Levantó la vista, alzó la mirada y dejó descansar sus ojos en el cielo nuboso que asomaba por la ventana. Se puso de pié, dejó el libro que estaba leyendo sobre la pequeña mesita auxiliar y reposó su cuerpo sobre la ventana. Llovía continua y serenamente. Y pensó que sus ojos eran como esa ventana; una salida de sí misma, una búsqueda de lo exterior para poder sostenerse mejor por dentro. Aletargada, se sentía caer por dentro. Abrió la ventana y se apoyo en el alféizar; pudo sentir la brisa húmeda de ese día de lluvia. Todo caía lento ante sus ojos. Todo.

Pensó en las historias que se acumulan, en todo lo que no ha sido llorado aún lo suficiente. En las ausencias y en las presencias que sin saber cómo, enmudecen su palabra. Historias no terminadas. Ella sólo hubiera querido dormir. Habitar su silencio. Sentir el latido de las palabras que nunca han sido dichas, que guardan en el eco su silencio de dolor, su silencio no llorado. La brisa húmeda de la lluvia le dejó cierto respiro.

Volvió ensimismada sobre la lectura. Incapaz de salir hacia fuera, se mecía en los adentros de un libro. Pensó en cuántas veces la lectura había sido esa especia de tabla salvadora, ese pequeño madero al que asirse en días de tormenta y mar, cuando su alma sólo era un pequeño naufrago sin norte. Un libro solo. Un libro a solas.

Y dejarse llevar. Eso es lo único que podía hacer. Dejarse llevar por párrafos asidos a su alma. Y el alma así, tan quieta. Sin querer casi respirar. Había llegado la primavera.


(...)

"El corazón no es fuego. Es como un espacio que dentro de la persona se abre para dar acogida a ciertas realidades. Lugar donde se albergan los sentimientos inextricables, que saltan por encima de juicios y de lo que puede explicarse."
María Zambrano.

CÍRCULOS


Nos quedamos en silencio. Ninguno de los dos sabía como se escribe la palabra fin. Ahí la teníamos, delante de nosotros. Incapaces de asirla, la mirábamos sin acercarnos, como si no fuera nuestra. Nos despedimos con un beso de infancia. Te giraste y comenzaba el final. No había dolor, ni desesperación, ni tan siquiera un pequeño rescoldo de rencor. La vida que habíamos tenido se esfumaba delante de nuestros ojos con total naturalidad. Como si fuera lo habitual despedirse así. Como si supiéramos que cumplíamos con un designio ya imaginado, ya inventado para nosotros desde el inicio. Me giré y te observé caminar. Tus pasos se quedaron en mi retina. Nunca nada está perdido, todo es. Nada, por insignificante que sea, deja de ser. Eso fue lo único que venía a mi mente.

Regresé a casa andando. Era un día de mucho sol y frío. Esa mañana clara tropezaba en mi retina ocupada de recuerdos, y el frío despejaba, uno a uno, cada uno de mis desencuentros. Saboreaba el ritmo de la distancia; esa lejanía que tienen las cosas cuando ya no nos pueden hacer daño. Sentido, sensibilidad y significado. Haber sido para poder seguir siendo.

Vivir es sorprenderse, es saber mirar la certeza de las cosas sin que el pulso nos tiemble. Clarividencia. Intuición. Fe. Las palabras te atrapan desde su claridad, su libertad, desde su transparencia. Todo está ahí, en eso que no comprendías, en eso que ahora se aleja, en todas y cada una de aquellas cosas en que tu mirada no fue capaz de posarse. Despedida como significado.

Principio y final. El perfecto círculo de lo que había de ser estaba cumplido. Y hoy me quedo en esa redondez de aquel tiempo; en ese espacio que nos dio la exacta medida de todo lo que tuvimos y no supimos acariciar. La exacta medida de quien soy te la debo a ti. Toda la medida de lo que aún latía sin sonido a tu lado fue presentimiento. Fue necesario estar a tu lado para poder llegar hasta aquí. Escenario de gratitud es hoy tu presencia. Tu tiempo a mi lado fue un círculo perfecto. Así es siempre el principio y el fin de las cosas; un círculo perfecto.


(...)

"La historia bien vivida de una relación entre dos es un acontecimiento que jamás volverá a darse de esa misma manera con nadie. No caben los celos, tuviste algo irrepetible. Y el hilo de la memoria, aquel con que cosemos las historias de ayer con las de hoy, y las propias con las ajenas, se ovilla en el corazón".
Carmen Marín Gaite.

PARA MACONDA

Tu nombre me suena a canto, me regala la altura que sólo la voz humana puede entonar. Suena alto tu nombre. Tiene la brisa fresca de las hojas de un árbol que se eleva hasta el cielo, tocándolo. Leo tu nombre, y eres aire. Emoción al saberte. Eres única… y aún permaneces. Me emociona tu presencia aquí, fiel a mis palabras.

Nada sé de ti, sólo conozco esa sonrisa de niña tímida, con la mirada escondida, risueña, reposada en el reverso de las cosas. Me recuerdas a mi hija. Esa niña de pelo castaño en la que te escondes se me figura inmensa, con unos ojos de luna, y una sonrisa a medio esbozar. Tú siempre aquí en mi mundo de palabras sin sonido. En este mundo de palabras perdidas te apareces como un sol, eres esa pequeña candela que ilumina las horas de mis palabras desconsoladas y sin destino. Eres su consuelo. Eres los ojos que las sujeta firme a esa página en blanco que es la mirada cuando se enfrenta a las palabras.

Maconda, te pronuncio letra a letra y mi sonido es una oración; por tus silencios, por tus deseos, por todo aquello que anhelas y aún no has acariciado. No sé por qué, te imagino siempre niña. Y quizá no lo seas. Quizá tu mirada sea aún más alta que la mía. Una mirada que se me figura como un cuaderno donde dejar en reposo estas palabras que no saben muy bien a dónde quieren llegar. Ni siquiera saben muy bien por qué nacen, qué es lo que las empuja a ser nacidas, a quedarse aquí colgadas, así, tan perdidas, en todas esta aldea global, en toda esta euforia que grita y no sabe certeramente qué reclama. Y sin embargo sé, desde hace tiempo, que no están perdidas, que reposan serenamente en tus ojos.

Nunca sé por qué escribo, y ya ves, sí sé para quién. Ahí estás tú, Maconda. Y me quedo perdida en el sonido de tu nombre, en su brisa fresca, e imaginando tu altura. Esa desde la que tus ojos miran las cosas, desde la que a modo de pequeña candela, sujetas cada palabra que aquí se queda, así, como perdida y a la espera de que tú las recojas. Tus manos también las imagino infantiles, pequeñas. E intuyo que recogen las palabras que dejo con el mismo movimiento que tienen las manos de mi hija. Suave y lento.

Desde lo más profundo del pensamiento, mis mejores deseos son para ti, niña de ojos serenos. Niña de alma generosa a la que no le importa quedarse aquí, sola, sujetando un poco de luz sobre mis palabras. Eres lo mejor de este espacio. La presencia que en silencio, se agacha a recoger cada una de mis palabras. Gracias.


(...)


Atreverse a ser enteramente uno mismo, atreverse a realizar un individuo, no tal o cual, sino éste, aislado ante Dios, solo, en la inmensidad del esfuerzo.
Kierkegaard

AQUEL BLANCO


Querías celebrar por todo lo alto la Navidad. Tú aún no lo sabías, pero sería la última. Ya no habría más, ya todo sería después desde el recuerdo. Escenas que volverían a tu alma ante un olor, ante un sabor, ante cualquier Misterio colocado en cualquier espacio, en cualquier escaparate. Si lo veías, allí estaban entonces todos los recuerdos de tu infancia. Todos aquellos momentos que hoy se han ido con ella.

Te despertaste temprano, te dolía la cabeza, así que decidiste dar media vuelta y esperar. Te volviste a quedar dormida. Luego, algo más despejada, te fuiste animando. Ibas preparando mentalmente todas las tareas que había que hacer. Primero la compra. El aluvión de gente te hizo sentir sin aire, pero al final no había sido tan largo como preveías. Llegaste a casa, y fuiste recolocando las cosas a la vez que ibas rememorando los menús, el de esa Noche de Luz, el desayuno de Navidad y la comida. Te reías porque luego de restos comeríais el resto de los dias. Y veías a tu madre entre nerviosilla y contenta.

Ella estuvo a tu lado, desde su silencio seguía cada uno de tus pasos. También desde su angustia, siempre lo decía:
_ Es que yo ya no sé ayudar, es que no sé qué hacer… miro y miro las cosas y no sabría por dónde empezar._ Habías invitado a unos amigos y ella se sentía apurada, sin saber muy bien cómo hacer para poder ayudar. Tú la observabas, y aquellos ojos verdes te delvolvieron un resplandor infantil. Brillo sosegado. Y te preguntaste cuándo tu madre volvió a ser niña; cuándo sus ojos empezaron a mirarlo todo con esa ingenuidad que sólo la infancia sostiene.

Limpiaste el pescado, preparaste la sal para cubrirlo y meterlo al horno. Te pasaste la comida yendo y viniendo, trayendo y llevando. Estabas feliz. Y aún recuerdas el eco de las risas en ese momento en que no eras capaz de romper la capa de sal. Tu madre como una niña miraba, entre admirada y desolada; con el temor de no poder ofrecer la cena completa. Pero salió impecable.

Y ella sonreía; era la primera vez que veías sonreír a su soledad prisionera. Y hoy la recuerdas ahí sentada, a tu lado, en la silla de la cocina. Observando cómo ibas preparando aquel pastel vegetal., mirando las cosas detenidamente, paso a paso.

_ Mira mamá, ahora cortas los pepinillos en rodajitas finas… y luego haces tiras con este pelador, así, finas, y alargadas_ Y recuerdas su atenta mirada, sus manos, su concentración de niña para hacer las rodajas finas y las tiras de alargadas. Era realmente una niña de silencio. De sonrisa sin sonido. Una niña que en ese día de Navidad, lo esperaba Todo. Y aún así, permanecía temerosa por quedarse sin cena.

Y la recuerdas sonreír con picardía, brindar con aquella sidra burbujeante que tanto le gustaba. Y quisieras volver a aquella Navidad tan sólo un ratito para volver a levantar tu copa por ella. Y recuerdas aquellas otras Navidades aún más lejanas, a aquel tiempo en que cuando te reñía tu voz de niña protestona le contestaba:

_ Ya verás, ya verás… ya verás cuando yo sea tu madre... te voy a hacer los mismo. Te voy a poner lentejas en la merienda… ya lo verás, le decías con una congoja enfadada.

Y es cuando te haces consciente de que la vida te concedió un milagro; el del retorno. Ese poder mirar a los seres que nos antecedieron como los niños que una vez fueron. Tu madre, que estaba hecha de infancia, vivió a tu lado con los ojos más inocentes que jamás has mirado. Se fue hace ya días, pero sientes impecable su recuerdo. La esencia de lo que ha quedado en tu alma cuando recuerdas tu infancia, cuando hueles su colonia, o simplemente cuando sales a recogerte en tus lágrimas. En estos momentos en que tanto la estás echando de menos, aún lo puedes entir.

Oyes que suena un tren. Y vuelves al presente. Ese tren els el tuyo, está próximo. Sales hacia el andén. Miras esa estación, esa a la que tanto deseaste siempre llegar, esa en la que las personas que más te han querido, te esperaron tantas veces. Recuerdas a tu padre, a tu madre. Y de repente oyes un portazo. Es unl adiós definitvo. Te vas, y sabes que esta ciudad será al final el eco del más maravilloso de los recuerdos.

Subes al tren. Te vas. Y miras todo lo que vas dejando detrás por última vez. Quedará para siempre sellado en tu retina. Dices adiós con toda tu soledad en las manos, con una pequeña maleta en tu alma. Ya no habrá retorno. Eso también lo sabes.

Llegas a tu compartimento. Te sientas recostada como si fueras a dormir. Cierras los ojos. Y sabes que tu mente se ha fundido en negro, que queda sin sonido tu recuerdo. Para siempre. Si preguntaran por tu nombre; no sabrías decir muy bien cual es ahora. Y te quedas dormida, acurrucada por el vaivén del tren.

(...)


"Difícil abandonarse a la vida con confianza, dar crédito a cosa alguna, difícil creer en nada si no hemos ido crecienco así; sintiéndonos guiados por una mano fuerte y delicada que sabe medir, mirados por una frente ante la cual no cabe ninguna simulación".
María Zambrano

SIN RETORNO


Es un día nublado, tormentoso, atrofiado ya desde sus albores. Desencuentro. Ausencia. Perplejidad ante ese paisaje tergiversado que se posa sobre tus retinas. Tu alma no es así, pero late atormentada. Has dado con tus pies en la tierra, has tocado la tierra con tus labios, y no te quedan arrestos para poder continuar. Ya ni siquiera ese último intento por levantar, siquiera, la mirada. Sabes perdidas todas las batallas. Todas. La derrota se deja caer sobre tus hombros impasible. No hubo piedad.

Caminas bordeando ese mar enfurecido. Intentas abrigarte, protegerte soslayadamente de la lluvia. Y sin embargo buscas su contacto. Que esas gotas soberbias te empapen la cara, la frente, que lleguen hasta lo más profundo de tus huesos. Dejarse empapar. Necesitas ese frío en tu alma. Tus sentimientos están totalmente desbordados. Intentas respirar pero es absurdo. Sabes que ya no habrá aire. Ya no hay perdón.

Sigues bordeando el acantilado hasta llegar al faro. Aún queda larga la tarde. La noche no se siente cercana en esa tarde que aún gris, se sigue sabiendo tarde. Caminas hacia el faro. Y ahí está la luz, la vida, el calor. Pero tú perdiste tu faro. Dejó de lucir, así, de repente. Y ya sin norte. Ya sin brújula. Ya sin retorno. No sabrías hacia donde encaminar tu regreso. Y te sabes así; descentrada de toda resonancia que fue camino. Alejada de los sonidos que tuvieron presencia, reposada en las palabras mudas que hoy sostiene cualquier recuerdo. Nada es tan oscuro ya como tus ojos. Nada son capaces de ver que no sea sombra.

Llegas a esa pared del faro, ahí te apoyas, te dejas descansar, primero con las manos, después con toda tu espalda. Y vuelves tus ojos al mar, a la lluvia, a ese infinito azulado, gris y tortuoso que es el horizonte de tu mar. Y te sabes sin regreso. Ya no, no hubo posibilidad de reencuentro. El olvido fue cubierto por aquel azul. Y tu alma se cubrió de olvido. Y nunca supiste de su lugar, del espacio al que inconscientemente fue a recostarse. No, ya no fue posible el regreso.

(...)

"La esperanza es hambre de nacer del todo. Esperanza que da el carácter agónico a la vida humana, su ansia jamás insatisfecha, su esfuerzo sin límite, pues ningún trabajo es suficiente para calmar esta esperanza que gime. Esperanza que quiere borrar el tiempo y que se vuelve angustia de recogerlo en su dispersión de instantes idos, uno a uno."
María Zambrano

FUERZA


Cómo te cuesta mirar ahora ese vacío. No sabes con qué llenarlo, qué sonidos ponerle para sentir menos su profundidad, para poder mirar la vida con más plenitud. Tu proyecto se convirtió en ausencia, pero jamás fue olvido. En cada uno de los latidos de tu soledad sientes su despedida, ese adiós cruel que te obligaba a despedirte de aquello que había sido la totalidad de tu anhelo. Lo demás corría a su vera. Todo podía ser desde esa perspectiva. Pero la vida te regaló otra, te puso en un escenario inesperado, sombrío, en el que la luz tendría que salir de ti. No había nadie más. Y tú seguiste adelante, pensando que la fuerza de tu valentía no te iba a abandonar. No lo hizo. Pero estás agotada.

Ahora, en este momento de silencio, ya no sabes qué hacer. Ya no sabes por qué derroteros has de continuar. Te sientes perdida. Sola. Y nadie lo podría imaginar. Nadie. Sólo tú navegas en un mar de olas infinitas, en tu barco pequeño y solitario, aunque la apariencia del océano sea tan tranquila y azul. Y a lo lejos, intuyes ver luz. Un faro. Pero ya no desconoces los arrestos que le quedan a tu mirada; la sabes temblorosa y ranqueante. Y existe una incógnita más; no sabes del tiempo del que dispones. Sólo una cosa está clara. Tú, intentarás llegar. Eso sí lo sabes, aunque no seas capaz de mirar el vacío que hoy se ha asentado en tu mirada.

(...)

"Son los más terribles conflictos, estos que tienen lugar entre la objetividad ya establecida razonablemente y la esperanza. La esperanza por la que quiere realizarse nuestro inacabado ser. Esperanza del pasado, esperanza que se fija en el recuerdo para alimentarse, ávida de recobrarlo todo."
María Zambrano.

AUSENCIA


Llegaste un poco más tarde de lo que habías pensado. Con cierta alegría somnolienta te acercaste a la habitación de tu madre. Allí estaba, con la luz encendida. Parecía dormir. Así que fuiste hacia el armario del pasillo para dejar tu abrigo. Mientras lo hacías pensabas que quizá las cosas dieran un vuelco, que aquella ciudad no era tan arisca como te parecía, que quizá en ella albergarse alguna historia que todavía estaba por contar. Esas dos horas de distracción te habían regalado una posibilidad.

_ Hola, hola… _ dijiste tímidamente al acercarte a la mesa en la que conversaban tus compañeros. Miguel y Juan se levantaron a la vez mientras Leonor se reía. Ella fue quien hizo las presentaciones.

_ Esta es Ara, compañera de administración, y por cierto, muy mal valorada en sus cualidades restauradoras. Cualidades que se pueden observar ya en la armonía de su rostro, en el equilibrio de su caminar…. _ Leonor había puesto voz de locutora. Le diste un empujón amistoso. Te sentías entre amigos, pero aún se dejaba sentir el desconocimiento, la certeza de que era la primera vez que te encontrabas con ellos.

_ Hola, soy Miguel, un amigo de Leonor no tan amigo pero que aparenta ser amigo. _ Lo dijo manteniendo el mismo tono de sorna que utilizaba ella.

_ Hola Ara, soy Juan. _ Su porte era más equilibrado, también su tono.

_ Como puedes ver, estos dos caballeros están dispuestos a sacarnos de paseo, preparados para la conversación que rescatará nuestras humildes existencias de ese pozo rutinario que es trabajar para la Gallerry´s Red, que por cierto, nos tiene muy mal situadas en relación a la potencialidad de nuestras inteligencias, que se ven infravaloradas entre el papeleo de una empresa sin… _ Leonor seguía con su retahíla burlona.

_ Leonor, siéntate anda, y permanece observadora, sagaz, a la que salta… pero calladita…. _ Juan hablaba tranquilo, sin aspavientos. Su mirada era muy pausada. Por lo poco que me había contado Leonor, estaban muy unidos.

_ Mira que eres… _ Miguel sin decir mucho, lo decía todo con el gesto de su mirada. Más vital. Más profunda y abismática. _ ¿A qué te hubiera gustado dedicarte, Ara?_ preguntó directamente.

_ Mi pasión es la restauración, esa es la perspectiva laboral que me hubiera encantado. Pero ya ves, ante la dificultad de los tiempos, ahí me hallo, en un trabajo de administración dentro de una empresa que no tiene la más mínima intención de ahondar en las posibilidades de la gente que ya tiene dentro. _ Lo dije bastante pausada, y aunque yo estaba expresando una queja, la simple descripción con que lo hice lo único que insinuaba era indiferencia.

_ ¿A qué te dedicas tú?_ Pregunté también sin rodeos.

_ Bueno, hacemos proyectos, una especie de consultoría, soy economista. Aquí Juan es abogado y la señorita que te ha presentado, como ya sabrás, es licenciada en Historia del Arte, pero ya sabes… debe ser muy valorada administrativamente. Tampoco ha tenido agallas, esa es la verdad. No ha tenido la valentía de enfrentarse a su pasión. Pero bueno, no se le dan mal los papeles… _ Recibió un codazo por parte de Ara. En el tono de confianza con el que se hablaban pude sentir que era una amistad vieja, añeja, con el poso suficiente como para saber que se está, se diga ya lo que se diga. Que se va a estar.

Estuviste muy a gusto, hacía ya tiempo que no te rodeabas de un ambiente así. Claro, honesto, abierto, y volviste a recordar ese sentimiento de piña, ese estar de tertulia. Un cierto modo de estar por estar, aunque lo que salga allí, en la conversación, sea el dolor del mundo.

Recogiste el abrigo y ya con la ropa de casa te acercaste a la habitación de tu madre. La luz tenue. Tal y como la habías dejado. El vaso, las gafas, el libro en la mesilla. Tu madre parecía dormir, estaba girada hacia el lado de la ventana. Le diste un beso. Y ocurrió, al contacto de su piel el abismo se quedó prendado de la tuya. Tu piel se quedó helada. También tu alma. Y sentiste el más absoluto de los silencios, era el comienzo de la nada. Te abrazaste a ella. No sabes bien el tiempo que permaneciste allí, abrazada, asiendo firmemente la presencia que te había regalado un nombre, a la mirada que había abierto los más infinitos horizontes en los que fijar la mirada. En ese preciso instante de soledad aprehendiste la hondura de lo que es el silencio: el silencio eterno.

Sólo te recuerdas abrazada a ella. Las imágenes se confunden cuando quieres recordar qué hiciste después. No sabes quién llamó, pero te recuerdas hablando por teléfono. Y sabes que abriste la puerta, que entraron dos personas vestidas de blanco. Una de ellas con un maletín grande, la otra, con uno más pequeño. Y recuerdas unas manos calientes agarrando las tuyas. Nunca más supiste de aquella desconocida mirada que recogía la esencia solitaria de la tuya, y sin embargo no has olvidado su color. Llorabas. Serenamente. Imposible no dejar caer tanta angustia. Cimbreabas entre tus sentimientos desencontrados. Tú sola y aquellos desconocidos que te sostenían la mirada como si te hubieran conocido antes. No sabes de su nombre, tampoco de su presencia, pero recuerdas el calor de sus manos, sus palabras, sus gestos: una actitud que no dejó de sujetar tu mirada ya absurda. Y no sabes más, no recuerdas mucho más que no sea una sombra en tu memoria. No sabes cómo llegaste a aquel tanatorio. Allí, entre los susurros del dolor de otros, te quedaste silenciosa. Tú no tenías con quien susurrar. Tampoco a quien tender la mano para que sujetara la tuya. Sólo tú. Te habías puesto uno de tus mejores pantalones, de corte impecable, una camisa blanca de algodón fino y el abrigo elegante y señorial; de un negro profundo y recio. Te sabías misteriosa y elegante, ahí toda tu presencia, en silencio, para la despedida de las despedidas. Tú ante la eternidad.

Te quedaste toda la noche velando la última presencia de aquel cuerpo que era lo más tuyo que habías tenido. Velabas ese adiós que se siente eterno. La despedida de la persona que más te habrá querido en todos los días que vaya a durar tu tiempo. Mientras llorabas te hiciste consciente de que la palabra más grande ya no tenía receptor, ya nadie respondería cuando tus labios pronunciasen la palabra madre. Y aún una evidencia más: la palabra hija carecía de contenido. Punto y final. Y en el silencio más absoluto y sin ser capaz de decir nada, te encontraste ante la compañía de Miguel, Leonor y Juan. Pero en tu pensamiento quedaba sólo la vacuidad de un único concepto: ser hija. Si eso era ya ausencia, lo demás carecía de presencia.Todo fue olvido en el silencio.

(...)

"Agonía de la esperanza que no siempre sabe lo que pide. A veces no sabemos qué es lo que clama por realizarse en nosotros. La esperanza no encuentra su camino. Es una esperanza errante."
Maria Zambrano.

NIEBLA


Te asomas al abismo cada vez que aquella escena se te queda en la mirada, cuántas veces me he dicho esto a mí misma. Ahí, de repente, te encuentras con esa soledad que no quisieras mirar. Te falta ella, tu madre, su silencio.

No comprendes cómo pudieron suceder así las cosas. Pocas veces te habías dado un respiro en esos últimos años, tiempo en el que te llegaste a acostumbrar al ahogo, a esa falta de aire que es siempre la no pertenencia del tiempo que nos es propio. Tu tiempo, todo él, era para ella. Y un día, sin esperarlo, te encuentras con que todo el tiempo de nuevo es tuyo. Y tú no quieres todo ese tiempo, ya no, pero estás ahí, con todo, y te sientes aún más ahogada que cuando no tenías aire.

_ Mamá ¿estás a gusto?... te dejo sobre la mesita la radio encendida ¿vale?, y más hacia la pared el vaso de agua. Ten cuidado no lo vayas a tirar. El interruptor de la luz lo tienes cerca también, por si quieres apagar la luz antes de que yo llegue. En la radio se escucha ese programa que te gusta, a ver si así te entretiene un poco. Enseguida vuelvo. Ah… y las gafas de cerca las tienes sobre la mesilla también, y ese librillo que te gustaba leer… Un beso, enseguida vuelo ¿eh?...

Y recuerdas el beso que le diste, lo recuerdas en su exacto sonido e intensidad. Lo recuerdas volandero y alegre, pero también culpable. Sólo después has sabido de su profunda culpabilidad. Qué inteligencia en los sentimientos, te dices muy a menudo. Esos sentimientos que nos embargan, que no sabemos muy bien a qué se deben, y que están ahí. Que siempre están por algo. No eras consciente, pero ahí palpitaba ya una realidad, ahí, en ese beso. La culpa vino detrás.

_ Hija mía, no hace falta que vuelvas pronto, mujer, que el bar de la esquina está justamente ahí, ¡a la vuelta de la esquina! Entretente con esos amigos. Casi no conoces gente, ya no tienes amigos, así que, entretente… por lo que más quieras. Que mira que te has vuelto sosa. _ Me lo dijo con una sonrisa profunda, serena y sabia. Y sé que dijo una gran verdad. Así era mi madre; de verdades tranquilas.

Y era cierto, sí. Me había vuelto una persona taciturna, con la mirada inversa; ya no miraba lo de fuera, sino que desde hace no sé cuánto tiempo, esa era la verdad, mi mirada se tornaba siempre hacia lo que no tiene sonido. Todo era visto desde la niebla. Incomprensible. Desconozco el momento exacto en que dejé de mirar el mundo con interés. Mis ojos se volvieron miopes. Mirada alejada de lo asible, acomodada en la rutina, yo no permitía a mis ojos ir más allá. Y el alma siempre entre sentimientos desencontrados, y paradójicamente, acomodada en aquel aire tan sin aire.

_ Eh… mamá, ¡no me tomes el pelo!… _ sonrío con sus ocurrencias, solía suceder a menudo_ pues mira que no soy yo simpática y agradable. Y el pescadito ese que te di a la cena ¿eh?... ¡anda que no cocina bien tu hija!... menuda dorada con ese toque a limón agasajado con un buen caldo, y esa cebollitas francesas…. Y mira, que bien lo sabes de buena tinta, que quien no es alegre, no cocina bien... ¡sosa yo!... ¡dice!… Ya lo creo que lo sabes… sosa dice… según me salen las doradas…

_ Anda, anda… venga, que se te hará tarde si te lías haciendo el tonto. Encima van a pensar que eres una pesada… pásalo bien. _ Me despidió haciendo un gesto suave con la mano. Fue una gesto liviano, sereno y que yo entonces, lo observé como a cámara lenta. Jamás olvidé sus manos, cada uno de sus pliegues.

Así que esa noche me dio gusto salir. En mis piernas aún podía sentir el recuerdo de las prisas, de esa emoción contenida con que yo salía de casa en aquel otro tiempo en que mi vida era otra vida. Salía primero con la mirada, eso siempre, y mis pasos la seguían después. Era un caminar de apariencia reposada, pero se podía intuir en cada paso la expectación y la emoción contenida. Me reconocí de nuevo siendo aquella cría, en aquella emotividad expectante.

Llegué a la calle y la brisa fresca me hizo parar, quería respirarla. Nerviosa me puse en camino hacia el bar de la esquina. Allí me esperaban Miguel, Leonor y Juan. Compañeros casi desconocidos, pero compañeros. Solían tomar un café a esas horas todos los días, y como yo vivía cerca me preguntaron que por qué no me animaba a bajar con ellos un rato. Y me animé. No sé si fue un cumplido su oferta, o si fue verdadero interés, el caso es que la invitación me devolvió el recuerdo de quien yo era. Y allí me encontré, de camino al bar de la esquina. Nerviosa empujé la puerta y traté de sonreír pausadamente. Como si fuera un gesto mío habitual, sonreír, y salir todas las noches a tomar un último café en compañía.

Fue la última sonrisa, yo en ese momento no lo sabía. Creía volver a nacer en ese instante en el que parecía encontrar un futuro al lado de unos amigos. Echaba de menos eso, a los otros. Cuando volvemos a sonreír así, al lado de alguien, nos sentimos nacientes. Pero ese, mi nacimiento, no fue tal. Ese velo entrevisto de la amistad sólo fue un fotograma, un instante. Fugaz. Aquella que parecía mi primera sonrisa en realidad sería la última. No tuve la valentía de asirme a la mirada de esos, mis posibles amigos. Después de aquella noche, la culpabilidad de aquel último beso me aplastó. Y ya no fue posible regresar a la mirada, a la mirada que vuela alto.

No te pude decir adiós, madre. No estuve ahí, y cuando regresé, tú ya permanecías sostenida por la sonrisa más infinita: la eterna. Tú descansaste. Yo… me quedé en esta culpabilidad, en este abismo del no retorno, con todo este tiempo que me habita para mí sola. Me quedé echándote de menos, siempre de menos, en todas estas horas oscuras que me quedaron después. Horas que ahora sólo son mías. Mías. Porque ya no hay nadie más. Nadie. Sólo la culpa.


(...)


"Tener nombre es tener un origen claro, pertenecer a una estirpe, tener un destino. Sentirse llamado con voces inconfundibles, sentirse ligado y obligado. Es el peso, la llamada de los que se llamaron como nosotros.

Hemos de volver la vista el pasado, a los instantes que son nuestra raíz, que son todavía nuestro ayer, para poder encontrar la esperanza perdida."
María Zambrano.

OLVIDO


Sin querer he olvidado tu nombre. La memoria dejó de ser persistente. Esa, que parecía imposible de ser rendida, se ha rendido sin lucha. Sola. No queda recuerdo de lo que supimos. De aquello que caminamos un día. El olvido llega silenciosamente, cuando te quieres dar cuenta, ya no recuerdas.

Se me ha olvidado el olor de tu presencia, la realidad de tus desvelos, la sonoridad de tu voz. Mi presencia ya no te echa de menos. Y es curioso, no recuerdo desde cuándo. En qué momento nació el olvido. Desde qué instante dejaste de habitar en mi recuerdo. Ni por qué motivo el baúl de la memoria dejó que te aislara, que te fueras para siempre.

Hoy siento el tacto de la libertad. Es azul. Las alas de la imaginación se tienden hacia el vuelo reconquistado. No sé en qué momento nació este vuelo. Sólo soy consciente de estar volando ya, pero no sé en qué día elevé la mirada. Altitud. Serenidad. Constancia. Cimas sobrepasadas.

Perplejidad ante la cima anhelada, esa que ahora dejamos atrás, esa que no sé sabe en qué momento comenzó a ser olvido. Sorpresa ante lo que está por venir. Navegando en el no deseo. Ya no se desea nada.

Sin querer, he olvidado tu nombre. Ya no recuerdo la luz de tu mirada. No sé cómo era, si de luz u opaca, si cálida o fría. Blanco. Neutro. Firme. Permanezco y sigo en mi vuelo. Sin saber. Sin ninguna certeza. Equilibrio. Serenidad. Y no sé, no sé desde cuándo ya no recuerdo tu nombre.


(...)


Las cosas acaban encontrando su sitio más tarde o más temprano, aunque a veces lleven un periplo extraño hasta que llegan a acomodarse. Y sin embargo, nada ocurre por casualidad.
Carmen Martín Gaite.